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Honra al verde

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En ciertas ocasiones este querido, odiado y caprichoso balón ovalado, regala a sus discípulos ciertas lecciones de vida que ni las grandes leyendas de este deporte serían capaces de trasmitirnos. Y es que  no hay nada mejor para aprender una verdad, que vivirla en tus propias botas.

Nuestra ruta hacia parada en un lugar muy especial, al enfrentarnos contra nuestros grandes amigos del C.D. Aranda. Algunos dirán que es casualidad, pero queremos creer que lo que nos ha traído hasta este partido es el buen hacer de dos clubes que, con filosofías similares, han peleado contra todo hasta llegar donde están. Quién diría a nuestro humilde Club hace unos años que íbamos a ser capaces de plantar un segundo equipo con garantías. Quién diría al C.D. Aranda que iba a disfrutar de semejante campo de rugby en tan buenas condiciones. Chapó a los dos, y ahora… a jugar.

Pese a lo que nuestro reciente historial pueda decir, el partido comenzó con un dominio Veterinario. Un equipo que impone su norma en las fases estáticas y que ofrece juego dinámico y ordenado, normalmente consigue su objetivo, y este llegaba a tan solo 10 minutos del arranque con un ensayo de Sete tras varias fases de nuestros delanteros. Bastaron otros 10 para repetir la situación, esta vez mediante el siempre incansable Cachorro. No obstante, fue aquí donde esa sensación, ese mal endémico que tanto tiempo nos viene acompañando… apareció. Aranda presentaba sus credenciales, con una delantera caótica pero muy incisiva que, por momentos, nos puso en algún que otro aprieto. Y lejos de aprovechar ese caos, Veterinaria abandonó su rumbo y se sumergió en el desconcierto del partido. Un equipo sin rumbo que sobrevivió más por el coraje puntual de sus dorsales que por la táctica. Minuto 30, otra individualidad, en este caso de nuestro director de orquesta Troco, que dejó el marcador 0-15 y una sensación sobre nuestras cabezas: “no se que pasa, pero no me gusta nada”

Salimos al descanso, con nuevas indicaciones de nuestro cuerpo técnico, liderado por Muhlito, que abogó por la calma, por el silencio y por el trabajo. Consignas que fueron escuchadas pero recibidas con dudas (como casi todo lo que se escucha en el descanso, donde a veces las ganas de volver a salir pueden traicionarte). Fruto de esas dudas, Aranda logró estrenar su casillero, pero, misteriosamente (si amigas y amigos, si hay algo que este club tiene de sobra, es misterio, mucho misterio), este ensayo azul no hizo otra cosa más que despertar el orgullo de los nuestros, y conseguir recuperar esa iniciativa que con un poco de ímpetu se transformó en dos ensayos más, bonus ofensivo y el partido encarrilado, con un broche algo negro en el minuto 80 con un ensayo final de Aranda.

 

Si de toda esta sucesión de acontecimientos se puede sacar esa lección que inicialmente poníamos sobre la mesa, es la siguiente:

Hemos desperdiciado una ocasión única de reencontrar las sensaciones y el camino que tanto tiempo nos costó encontrar en el pasado. Hemos ganado y nos felicitamos por ello, pero no debemos estar contentos, al menos no del todo. La sensación que encapotaba el vestuario era de un frío consecuente, de una realidad inalcanzada.

No obstante, no ha sido ni mucho menos una mala jornada, puesto que ese amado, odiado y caprichoso balón ovalado ha tenido a bien regalarnos una segunda oportunidad de hacer las cosas bien, de encontrar nuestro camino. De honrar al verde que pisamos, y al verde que llevamos puesto.

Honren al verde, muchachos.

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